Foto tomada de new.oberlin.edu

 

 

En su primera práctica con el equipo femenino de rugby: “Estas son, me di cuenta mientras las miraba a la distancia, las mujeres más fuertes y locas que jamás he conocido. Tengo que ser una de ellas. No sabía si lo tenía dentro de mi, pero no me podia ir sin intentarlo”
 
Llegué a la escuela Oberlin desinteresada en los deportes. Había sido la editora de la revista literaria en mi colegio; toqué la tuba en la banda  y no descubrí el equipo de Rugby de mujeres hasta el otoño de mi segundo año (y no precisamente porque tuviera grandes cualidades físicas que compartir). Conocí a una chica de primer año a la que quería impresionar desesperadamente. Ella era un miembro del equipo y un día, bromeó casualmente que debería ir a una práctica. No entendí, evidentemente, la broma y me uní al equipo pensando que le demostraría que tan ruda podía ser realmente. (Claramente en segundo año de la Universidad, pensar las cosas lo suficiente no está inculcado como debería de ser). 
 
No tenía idea de a qué me estaba metiendo: cuando caminé en la cancha para esa primera práctica, estaba usando zapatillas que compré el día anterior, de imitación barata de una tienda de descuentos. Peor aún, esa misma semana corrí 1.5km por primera vez en mi vida tan solo para ver si realmente lo podía lograr. (Me dije que si no podía, entonces no podría jugar rugby). Corrí 7 vueltas en la pista de atletismo y colapsé, con lágrimas de alegría, cerca a la fuente… once minutos y medio desde que empecé.)
 
A duras penas logré completar la corrida del calentamiento Durante las tres vueltas que el equipo dio alrededor de la cancha, estaba segura que todas estaban mirándome fijamente a mí, jadeando y resoplando, tratando de no morir. Pasé toda la práctica tratando de ganar mi segundo aire, difícilmente siendo capaz de llevar el ritmo. Encima de eso, rápidamente me di cuenta que no podía atrapar, patear o tacklear. Tenía esta idea que, ya que era un deporte del cual nunca había escuchado hablar, tal vez, yo era buena. Y qué si no, no lo era. Era malísima.
 
Los últimos cinco minutes de esa práctica los usamos en un  ejercicio llamado “Conoce tu cancha” (“Parrillas”) Al descubrimiento de cuántos piques ida y vuelta a través del campo íbamos a hacer, le pregunté a la Capitana del equipo si, por ser esta mi primera práctica tenía que correr con ellas. Me miró de arriba abajo, levantó una ceja y dijo:”No tenés que hacer nada”, mientras trotaba a la línea de touch con el resto del equipo, abandonándome a un costado. Todas se miraban destrozadas, que ya no daban más listas para terminar e ir a cenar. Habíamos estado ejercitándonos en formaciones y tackleándonos mutuamente durante las últimas dos horas. Ya estaba oscureciendo. Ellas tenían tareas. Necesitaban refrescarse, estaban cansadas y aún así ahí estaban, todas juntas, formadas en línea. Nadie se quejaba. Todas estaban listas para correr y nadie tenía dudas al respecto. 
 
Estas son, me di cuenta mientras las miraba a la distancia, las mujeres más fuertes y locas que jamás he conocido. Tengo que ser una de ellas. No sabía si lo tenía dentro de mí, pero no me podía ir sin intentarlo”
Troté hacia ellas, nadie siquiera me miró. Al silbato, con todas las demás, hice los piques. En mis ya dilapidadas zapatillas corrí tan fuerte y rápido que sentí que mis pulmones iban a reventar dentro de mi pecho. Estaba tan por detrás de la capitana (y luego que terminó con su propio set de piques) trotó hacia mí y corrió los piques que me quedaban al lado mío mientras que el resto del equipo, parado al final del campo me alentaba. Finalmente terminé el último pique arrastrándome por la línea de meta. Me ayudó a levantarme, a pararme  y  a recuperar el aliento, mientras me decía que podía regresar el miércoles. Me dijo que era ruda y sorprendente. “Trabajaste muy duro hoy, eso estuvo maravilloso”. 
 
Fui parte del equipo por tres años. Después de una temida clase de gimnasia en el secundario y felizmente identificándome como una nerd, me tiré a los brazos del deporte. Lo hice por el Rugby, por mi equipo. Corría tres veces por semana. Aprendí a hacer pesas, a hacer sentadillas. Practiqué juegos de pies; corrí de espaldas por toda la cancha o por la pista. No era como en una película de “Rocky” tampoco… Aún así era la más lenta del equipo. No era una atleta dotada pero sabía y aceptaba que al terminar mi primera temporada, podría terminar el calentamiento sin tener ganas de ir a vomitar. Eso era logro suficiente.
 
En vez de demostrarle a alguien que estaba equivocada, el rugby se transformó en algo para construir fortaleza, juntar etamina y habilidades técnicas. Rugby era un ejercicio en el cual abrazaba mis propias derrotas y altibajos. El rugby me enseñó a tener honor y aprender de mis errores. El Rugby me ayudó a aprender a reírme de mí en formas que eran honestas y divertidas. El Rugby me enseñó a valorarme como lo que era, una persona que trataba consistentemente de ser mejor y dar su mejor esfuerzo.
 
El Rugby me convirtió en la persona que siempre quise ser, y que estaba desesperadamente asustada  por nunca poder concretarlo. El Rugby me devolvió la voz interna que había perdido en la adolescencia y los noviazgos en el bachillerato. En uno de mis primeros juegos, me encontré liberándome de un tackle débil, gritando “¡Es MI pelota!” y apartando a la chica que me quería vencer. No tenía idea en qué me estaba convirtiendo; pero fuerte, ruidosa y tenía confianza; me gustó.
 
El Rugby me devolvió un cuerpo que nunca pensé existía. Aprendí mi propia fuerza. En el bachillerato hacía solamente 6 despechadas para aprobar Educación Física. Sí, eso mismo: seis. Después de un año de Rugby, estaba hacienda sets de 55 despechadas tres veces por semana. Por primera vez en mi vida, tenía músculos. Tenía energía. Podía finalmente a ponerme aprovechar mi potencial.
 
El Rugby me dio la fuerza y la claridez mental para apartar los problemas de mi vida, sentarme calladamente con ellos y finalmente atacarlos. Me dije que si podia estar y mover un scrum podia hacer cualquier cosa. Me convertí en alguien fuerte, trabajador y resistente. Me convertí en una compañera de equipo y eventualmente en una capitán. Sabía quién era y, me gustaba.
 
Yo no sé, quién sería si nunca hubiera encontrado el equipo de mujeres de Rugby. Algunas veces me pregunto cómo me habría convertido en quién soy sin este juego y sin esas personas. El Rugby me llevó a extremos que no conocía; aprendí que tan lejos me podía esforzar sin (literalmente) vomitar. Me enseñó cómo seguir adelante, como trabajar arduamente sin garantizarme una paga al final o un reconocimiento. Me enseñó a entregar un golpe, levantarme y salir corriendo a la siguiente jugada. Me demostró cuál era mi mejor versión de persona y luego me enseñó a no aceptar nada menor a esa imagen propia.
 
Digo, en algunas charlas con nuevos amigos o conocidos, que solía jugar Rugby. “¿En serio?” ellos dicen. “¡Qué genial! Eso sí, es duro”. Me sonrío y en mi cabeza recuerdo mi primer scrum o la primera vez que saqué de banda a otra chica. La vez que derribé de un tackle a un oponente que tenía el doble de mi tamaño que cayó sobre mi cara y para detener la sangre de mi nariz me colocaron algodones. Los recuerdos son impresionantemente vívidos. “Sí” suelo responder. “Soy bastante ruda”.
 
Por siempre, estaré en deuda
 

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